Destellos de la memoria

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A veces pasa el tiempo y al notarlo vemos también que han pasado nuestras oportunidades.

En días pasados estuve en un bar con un par de amigos, tomando un par de cervezas. Fue a principios de este año; el lugar: una de esas “Barras” quedadas en el tiempo, sitio de encuentros furtivos, fosa de drenaje en la cual se llega de pasada, pero evidentemente hay personas que ya tienen un puesto ganado, son habitantes nocturnos asiduos.

Frente a mi un hombre poco mayor de 70 años (suposición) se mostraba solo bebiendo una cerveza, la cual le añadía una extraña bebida que de vez en cuando asomaba por la bolsa que estaba a su lado.

… el tiempo es para muchos una vorágine existente, que corroe parte de nuestra integridad humana, para otros, en especial los pueblos originarios, se muestra como una sucesión de ciclos, de modo que lo perciben circular, esto es otro tema. Biológicamente lo percibimos en nosotros mismos cuando al espejo damos el rostro. Pero hay un estamento mayor, una idea completa del tiempo y esta es: El tiempo es el lapso entre una respiración y otra. Se evalua por las cosas que hicimos o dejamos de hacer y se reprocha a veces con un mar de arrepentimientos.

Ahora bien, de jóven nos lamentamos por lo que hacemos, en la senectud nos pertuba y lamentamos por lo que dejamos de hacer. La vida fluye, en muchas personas, como un rio interminable de lamentaciones y descontentos. Por qué no vivir el instante presente. Mantenerse en el presente es vivir la vida, que va más allá del hecho de “estar vivo”.

La sociedad actual nos permite ver el mundo como un gran “anaquel” de supermercado, un paraiso de marcas y objetos que palpitan ante nuestros ojos, llenándonos de ansías por escoger el mejor producto. La sociedad ha intervenido en la “evolución” haciendonos creer que somo “animales de consumo” cuando franca y biologicamente somo “humanos”. Esta diversidad, ésta seudo libertad en donde a todos se nos da la potestad de escoger, el mejor producto, acomodado en el “anaquel de la vida civilizada”, con el tiempo deja una huella honda y hueca dentro de nuestra fragil humanidad, se va tejiendo una red de soledad que aun estando rodeados de cientos, de millares de personas, va dejando una sensación de soledad muy grande que termina deprimiendonos y por supuesto, nos enfrenta al “tiempo” satanizándolo.

La carencia de comunicación cara a cara, como lo hacían nuestras generaciones pasadas,          nos moldea  hacia nuestra propia cúpula de terror, un terror a la vida, un terror a la soledad y al aislamiento infringido por nosotros mismos. Somos la “sociedad de las cabezas gachas” por que así vivimos, deambulando con la cabeza inclinada, masturbando las teclas del teléfono móvil, febriles por conocer que piensan de nosotros aquel o aquellos que están recibiendo nuestros alaridos virtuales… y cuando estamos frente al otro, (el ser al cual le escribimos nuestras demandas virtuales vía teléfono móvil) no tocamos el tema, como si todo fluyese plácidamente. Nos volvemos frustrados virtuales y autómatas reales de vida!!. Cuando se reúnen los cuerpos, cuando estamos próximos al otro, la mirada retoma el curso de su sumisión.

Sexualmente nos juntamos por complacer una necesidad Pop más que biológica y afectiva, luego todo acaba en un instante furtivo de estertor temporal, nos damos la vuelta en la cama y revisamos la alarma del móvil para despertar en un recurrente mañana asmático y redundante.

Socialmente nos juntamos, transformados en rebaños cabizbajos, totalmente virtuales e intermitentemente comunicativos.

Al final, para aquellos a los cuales el tiempo es sinónimo decadente, entramos en una fase de regurgitación crónica, la cual consiste en no digerir la vida, resumida en tres fases interrogantes:

1. Por qué tome esa decisión?.

2. Por qué deje de pasar esa oportunidad?.

3. Por qué la vida me trajo a este destino fatal?.

Para vivir hay que asumirse biológica y espiritualmente.


 

 

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