La delgada línea entre la carne y el espíritu.

A veces suelo ser sombrío y en el mismo claroscuro hago en silencio un retrato obtuso. A veces suelo también quedarme detrás de las huellas, hablando de su pasado, tejiendo al rededor un cuento que señale el rumbo de los días venideros. Es difícil saber cuando el espíritu y la carne se juntan, una línea tan delgada, indivisiblemente delgada, se extiende, prolongándose, sin importar el uso correcto de la ortografía. De tal forma los instantes se muestran como un vidrio empañado al cual le debo pasar la mano para develar aquel paisaje que a diario deja de ser habitual.
Es humamente imposible, como Lín Yutang lo menciono, saber diferenciar para mi, las alegrías de la carne con las del espíritu. Como separar la profunda belleza del azul al observar el mar de la etérea sensación de vastedad e ímpetu que deja dentro de mi. O como separar el sabor de una buena sopa después de una noche de tragos, del amor que siento por esa persona que a cocinado, con la alegría de vernos degustándola, todos echados en el piso de la casa? En verdad se me hace difícil separar las alegrías de la carne de las alegrías del espíritu.

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